Escritura y montaje
- Bulk Editores
- 9 jun
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Andrea Palet
[Este texto fue leído el 2 de junio de 2026 en la presentación de Escritura y montaje, de raúl rodríguez freire, realizada en el Centro Cultural Gabriela Mistral • GAM, en Santiago de Chile]
Hay varias circunstancias por las que pude haber odiado con fuerza este libro. Primero, si era otra loa al santo varón don Ulises Carrión, que ya me tiene hasta más arriba de la coronilla con su arte nuevo de hacer libros, idea que se ha convertido en un significante vacío entre las inteligencias literales que medran en el curioso nuevo campo editorial chileno. Pero no, era otra cosa.
También, como este libro es un pequeño compendio de editores haciendo estupideces, podría haberme despertado el prurito de la defensa gremial, pero lo que ocurrió fue que se despertó el del cahuín, que es mucho más fructífero x supuesto.
Y esta compilación de trabajos sobre prácticas editoriales es, argumentada y orgullosamente, un ensayo en que la divagación informada dibuja conscientemente una estructura arbórea que se deja ir lejos antes de volver, decisión retórica que en otro momento me habría hecho sacar las manos de tijera pero hoy, cuando una ya no busca certezas ni depuración sino fricción y provocación, me gana absolutamente por la lateral.
Desde el epígrafe, una frase de Han Kang sobre los signos de puntuación como hormigas, este libro fue para mí como cuando vas caminando por la calle y ves de lejos a un familiar o alguien muy cercano que va hacia otro lado, y entonces lo contemplas como lo hacen otras personas… Es como un error de paralaje, un ejercicio de extrañamiento, de descentrar las piezas para volverlas a su lugar después, porque aquí aparecen muchos viejos conocidos, libros y autores que una ha manoseado y amasado largamente para que sirvan a tus propósitos, y que el autor ve con otros ojos. El efecto es que al final vuelvo a reconocer a mi familiar, solo que ahora con más capas, más hojas, otro montaje.
¿De qué se trata Escritura y montaje? De buscarles la vuelta a modos de desautomatización de la escritura, la anotación, la edición y la trasmisión del conocimiento. Se habla aquí, bellamente, de usos del aparato referencial que tensionan y enriquecen el texto central, del empobrecimiento intelectual que ha supuesto la estandarización de los formatos en el sistema académico de publicación, de la necesaria rebeldía autoral ante la aplicación robótica de normas de estilo que nunca han sido realmente reglas sino preferencias endiosadas por la variante de prestigio en cada sociedad, y de un montón de cosas cuya gracia está en su despliegue, y en la sorpresa que produce encontrárselas en estas páginas. Solo a modo de ejemplo: el nombre de Edward Tufte, con el que rayé hace años y cuya existencia había olvidado, o la novela El último samurái, que leí en los años 2000, probablemente siguiendo el encuadre de una ficción sobre la búsqueda de un padre.

La propuesta de Raúl, en todas las manifestaciones que presenta este trabajo, favorece una intervención textual no tradicional, probar a hacer las cosas de otra manera, «politizar la página y la sintaxis», «contribuir a la emergencia de nuevos modos de leer y de reimaginar el mundo en crisis que habitamos», como dice y como es su práctica en Mímesis también. Entiendo la propuesta y me interesa, aunque de pronto temo que pueda funcionar en un nivel más sofisticado del que cotidianamente observo, uno en el que se extiende el páramo de la no lectura o la comprensión coja, incluso en quienes dicen ser cercanos a las letras. Como ando apocalíptica diré que con la infantilización de la sociedad, por la cual hoy todos somos el perro chico del meme (ay qué difícil, profe, hágame un ppt con muchos bullets mejor), y por otro lado la inundación de falsedad en el mundo de la escritura que está a punto de ocurrir con la IA, y el consiguiente auge del error buscado, de la errata humana como sprezzatura o «diligente negligencia», quizá este llamado a soliviantar la puesta en página sea una estrategia demasiado elegante y de altos vuelos para las batallas que tendremos que dar, que de pronto van a ser a mano abierta, a ras de suelo.
No lo sé, ya me fui para cualquier lado, solo quiero mostrar que este trabajo enciende muchas sinapsis o lamparitas. Voy con unas cuantas, todas prácticas, dejo las teóricas a mis compañeros.
En «La forma como ensayo», que arranca con un rechazo universitario a un texto del autor por ser propiamente un ensayo y no ese engendro infumable que ha escuchimizado la comunicación científica, yo lo que veo, hablando por la herida, es una ofensa. El autor entiende que ser llamado articulista en el actual sistema de publicación universitario es una forma de descalificación, o sea una ofensa, como yo entiendo que ser generalista, alguien sin especialización certificada, aun cuando leas 200 libros al año y tengas la cabeza bien amueblada, es ser una figura incómoda en un sistema cada vez más formalizado y cerril. La rigidización de la academia supuestamente en pro de eso que llaman aseguramiento de la calidad no neutraliza la mediocridad, por desgracia, y en cambio ha vuelto hipócritas procesos que pueden ser muy creativos, como la formulación de un nuevo curso o una nueva línea de estudios. Cuando te obligan a usar solo uno de cuatro verbos para describir los objetivos de aprendizaje, o las rúbricas de no sé qué, y por otro lado, en este festival del falso rigor, es la IA la redactora de los programas de estudios, la consecuencia evidente es que todos mienten.
Raúl no dice esto y yo me estoy aprovechando del pánico, pero sí cita a Patricio Marchant hablando de esa «discusión de problemas mínimos por mínimos profesores» que favorece el paper, y cuando se pregunta para quién se está escribiendo en la universidad hoy la respuesta es la que debe ser: no para la comunidad sino para alimentar a una de las industrias más rentables del mundo, desde que el exespía Robert Maxwell decidió hacerse rico engrupiendo a científicos con problemas de ego en la segunda posguerra.
Me interesó la cita a una filósofa iraní que dice que en su mundo la práctica de referenciar no tiene tanto que ver con cumplir con lo requerido por el sistema, sino con presentar fuentes desconocidas en su país y motivar a los lectores a leer más, lo que quiero enlazar con la existencia de las shadow libraries, las bibliotecas digitales piratas que en los países del sur global se arman comunitariamente y a veces son la única opción para acceder a la producción científica que se publica en revistas de las Big Five, las gigantes de la edición científica comercial, y por eso mismo están moralmente validadas por las comunidades universitarias tanto en India como en Brasil, Bulgaria o Chile. Quién sabe si, como están las cosas con los dementes de los billonarios tecnológicos, las shadow libraries terminen liberando el conocimiento, o al menos promoviendo una forma de autonomía regional que plante cara a las concepciones más restrictivas del copyright que caracterizan a los sistemas jurídicos anglosajones.
Por cierto, es posible que estemos por asistir a un cambio radical de status del paper, que podría pasar de formato mimado por la industria del conocimiento a dead man walking. No lo digo con ánimo vengativo, pero todo ese inmenso edificio de la publicación académica comercial (y por imitación la no comercial) está a punto de derrumbarse estrepitosamente gracias al slop, a las toneladas de papers falsos o llenos de referencias alucinadas, de fraudes y basura digital que están invadiendo los canales de la comunicación científica. No jubilen sus lápices y sus gomas, ni ese formato tan agradecido que es el libro impreso, quizá pronto los van a necesitar.
El segundo texto también tiene que ver con el despojo de una forma pausada de argumentación y presentación material de productos de la mente en el entorno académico, y aquí hace una aparición fugaz mi amado y medio fenecido punto y coma, ese animalillo discursivo y bailable, aunque el punctum aquí es la palabra «irrecibible», que yo asimilo a lo inacreditable y es lo que incomoda a la institución porque no tiene la estructura que te dijeron en el formulario que tenía que tener… Se trata de defender los formatos incómodos, sin molde, en los que se ha puesto la intención, el cuidado de trasmitir lo que se quiere trasmitir con toda la complejidad que se estime necesaria y no menos.
El tercer texto se apoya en la novela El último samurái de Helen DeWitt para comentar prácticas editoriales de intervención que habría que desterrar, como la máquina uniformadora del estilo que suele chirriar cuando solo hay lo que Raúl llama «editores no fiables», gente cuadriculada o tonta o sorda a la respiración particular de la prosa —en la formulación de Lispector—, gente cuyas pequeñas demostraciones de poder, al contrario que las del narrador no fiable, hay que resistir como al poder burocrático que en realidad representan, el de la igualación en pro de la eficiencia comercial o de una idea errada del prestigio.
DeWitt, dice Raúl, necesitaba que le respetaran sus elecciones tipográficas, y «opuso resistencia a que en tanto autora se la considere solo responsable por el significado del texto», o sea a que los protocolos de publicación impongan la estricta separación de los autores del equipo de producción, lo que, digo yo, es real y pertinente en sociedades donde las editoriales son operaciones grandes y estratificadas, pero no tanto en el gallinero local, donde un problema igual de importante es que no hay editores verdaderos, digamos personas preparadas para ser una contraparte intelectual o artística frente a la autoría, alguien con quien discutir, avanzar, modificar y finalmente consensuar un texto y una puesta en página que satisfaga las necesidades expresivas de la obra.
Es un capítulo precioso que deriva hacia Aristarco y la invención de signos críticos como el diple o el antisigma, lo que prepara para la siguiente y última parada, dedicada a la nota al pie.
Antes les cuento que el libro tiene cahuines excelentes, o sea sabrosos y a la vez justificados por el argumento. Mi preferido es el de Lacan acabronándose en una universidad francesa que enseñaba su variedad de sicoanálisis, obligándola a nombrarlo director y metiendo a su yerno, lo que me recordó una investigación increíble de una de mis mujeres preferidas, Janet Malcolm, la autora de Cuarenta y un comienzos falsos o El periodista y el asesino, que en un libro llamado En los archivos de Freud hizo bolsa a tantos crédulos y egocéntricos sicoanalistas norteamericanos. Porque un buen cahuín siempre deriva en otros maravillosos y ejemplarizantes.
El cuarto texto es una reversión de un miniclásico –notas sobre la nota al pie– en la que el primer convocado es un libro de Anthony Grafton que siempre me ha llamado la atención que en inglés se llame simplemente The footnote, mientras que en castellano, en la edición del FCE, se titula Los orígenes trágicos de la erudición: Breve tratado sobre la nota al pie de página, lo que podría contener en sí mismo todo el misterio de la mexicanidad.
Además de describirse los desplazamientos materiales de las anotaciones según cambiaba su sentido y función (desde la cadena florida de la argumentación escolástica en glosas a una disposición jerárquica más acorde a la nueva economía del saber), llegan los greatest hits del uso subversivo de la nota al pie, el Tristram Shandy, Pálido fuego de Nabokov y especialmente La casa de hojas de Mark Danielewski, que todos los profesores de edición en todo el mundo citamos profusamente sin haberlo leído.
No hicieron falta El libro tachado de Patricio Pron ni David Foster Wallace, este quizá por demasiado manido (y aquí pensé, perdón la derivada macabra, que ojalá no sea un patrón la propensión al suicidio de los escritores dados a la hipergrafía, ejecutado en el caso de Foster Wallace e intentado varias veces en el de Helen DeWitt).
Otras cosas más luminosas: el pie de página alejandrino, por el cual algo que es en realidad una cita se camufla como tradición o refrán, lo que digo yo que también tiene que ver con que el concepto de autoría, y por lo tanto de originalidad (hoy centrales en la economía del prestigio), no tenían mucho sentido siglos atrás, cuando las cosas no se firmaban porque toda autoría se atribuía a la gracia divina, y reivindicarla para uno era pecado de vanidad.
Raúl describe en detalle juegos paratextuales, sobre todo en La casa de hojas, cuyo sentido es dislocar la costumbre o bien exponer la pretensión de objetividad del discurso académico, discurriendo que todo comentario (por lo tanto también este libro) es siempre “interpretación, delirio o deseo de dominio”. Y favorece la nota al pie literaria como un campo de exploración estética; ya no, y esto es muy bonito, ya no subordinación sino motor de invención.
Pienso que discutir estas posibilidades subversivas en el nivel gráfico, cuando afectan el contenido, tiene sentido en un momento en que, a pesar de la mucha faramalla que hay con el diseño y la ilustración y el libro de artista y todo eso, los editores han perdido la sensibilidad anfibia que tenía por ejemplo Mauricio Amster, quien en 1960, en el manual Técnica gráfica del periodismo (que yo heredé de mi papá), dice cosas tan fantásticas como que la sangría es un factor moral, porque te da ánimos para seguir con la lectura, o que los números romanos son un misterio de torpeza parecido a la carencia de ruedas del imperio inca.
Esta comprensión profunda del texto comunicado por escrito versus la mecanización de la mente supuestamente letrada la volví a encontrar en Robert Bringhurst, tipógrafo y poeta, quien en Los elementos del estilo tipográfico te enseña a ser transparente cuando hay que serlo pero también que la regla principal es: no haga caso de ninguna regla si el texto lo pide, porque lo único que importa es no impedir que el mensaje sea recibido.
Para cerrar, quiero otra vez aprovecharme del pánico y decir sobre la idea de montaje algo que no está aquí porque no tiene por qué estar, pero es en lo que yo he estado pensando, con algo de pena o desesperación, últimamente. El fin de los diarios y revistas como paisaje variado y práctica diaria de lectura es el fin de un concepto de montaje que x supuesto tenía sus problemas, el gatekeeping por ejemplo, pero suponía unas destrezas editoriales y una concepción de lo social que se están desvaneciendo. Raúl dice al pasar y con razón que la prensa sometió tempranamente la escritura a una verticalidad dictatorial, pero déjenme llorar a mi gran amor dictatorial de esta manera: esa disposición en columnas de la prensa impresa daba espacio sin embargo a una diversidad de géneros, temas y tonos muchísimo, pero muchísimo mayor que la que hay ahora, y lo más importante es que el montaje que implicaba una pauta bien armada permitía que hubiese cada día algo de interés para todo el mundo, y encontrarse con algo que no estabas buscando (lo que ya casi no ocurre), una información o una idea o un momento literario que te amplió el mundo sin querer, o con querer. Todo eso también era montaje, era mi alimento, mi músculo, y lo extraño con locura.
Espero que esta interpretación patuda y no lineal sea vista como un homenaje al trabajo de Raúl en Escritura y montaje, porque eso es lo que es o lo que pretendí que fuera. Gracias.
Andrea Palet es periodista y editora. Dirigió un posgrado en edición durante 15 años, fundó la editorial Laurel, tradujo cinco libros y fue columnista en prensa cuando había columnas en prensa.





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