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Reseña de Emiliano Rodríguez Montiel en Reseñas Celehis Año 9, número 26, diciembre-marzo


Corren los años 2000 y un aire general de cambio parece impulsar, con el nuevo milenio, ciertas voluntades teóricas de la época. Desde Stanford, Franco Moretti (2000) retoma la ambición de la Weltliteratur e insta a renovar el campo de los estudios comparados a nivel mundial. Desde París, Georges Didi-Huberman (2000) se vale del anacronismo para transformar radicalmente el modo de leer la historia del arte. Desde Buenos Aires, Josefina Ludmer (2010), la crítica vedette del libro que nos ocupa, hace lo propio en el campo de la crítica latinoamericana al proponer una nueva manera de inteligir lo literario: mediante la consabida noción de posautonomía. Introducida en diciembre de 2006, luego corregida en mayo de 2007 (ambos artículos de circulación digital), y finalmente ultimada en 2010 en Aquí América Latina, dicha categoría señala, en su mayor generalidad, el paso de la autonomía literaria hacia un nuevo estatuto estético, uno carente de los atributos y los valores asociados a la literatura moderna. Se trataría de un nuevo enfoque que apostaría por refrendar la inespecificidad que, al decir de Ludmer, estaban dramatizando ciertas escrituras del 2000 al renunciar voluntariamente a su valor literario, a su potencia crítica, a la posibilidad de organizarse a través de un sistema con sus redes, jerarquías, filiaciones y antagonismos. Leído como una declaración de fin –fin de los conceptos que históricamente han cimentado la especificidad literaria: autor, obra, estilo, escritura, tradición, sentido–, este diagnóstico del presente narrativo latinoamericano propiciaría uno de los debates más encendidos y fructíferos de los últimos años. (1)


La literatura fuera de sí, libro que reúne, en primer lugar, un ensayo de 2015 del crítico brasileño Evando Nascimiento («Para un concepto de literatura en el siglo XXI: expansiones, heteronomías, desdoblamientos»), y en segundo, un estudio de 2017 del crítico rosarino Alberto Giordano («¿A dónde va la literatura? La contemporaneidad de una institución anacrónica»), se erige, hasta la fecha, como el último avatar de esta discusión. El último, sí, y me atrevo a decir, por la perspicacia que acompaña cada una de estas argumentaciones, pero, sobre todo, por la fuerza de intervención que ahora adquieren ambas al desplegarse juntas, uno de los más importantes.


Valiéndose de diferentes estilos –para ejercitar su polémica, Nascimiento elige una retórica directa y temperamental; Giordano, una templada y sagaz–,uno y otro confluyen en moderar la idea de expansión que sirve de sustento, en tanto principio básico, al discurso celebratorio del fin de lo literario. (2) Acusando a los teóricos de la posautonomía de cierta falta de rigor –de un uso «abusivo» y «ligeramente irresponsable» del término (17; 96)– tanto el primero como el segundo comulgan en lo siguiente: el ponerse fuera de sí, el hecho de desafiar y acaso corromper sus propios límites, es algo constitutivo de eso que llamamos literatura.



Para dar cuenta de hasta qué punto está «mal pensada», desde sus inicios, la teoría del campo expandido, Nascimiento comienza su argumento retomando un texto hoy ya de referencia en este debate, uno que los críticos de lo inespecífico «muchas veces no se dan ni siquiera el trabajo de leer»: Sculpture in the Expanded Field (1979) de Rosalind Kraus (2021: 15). Luego de repasar cómo la crítica de arte estadounidense identifica, en la segunda mitad del siglo XX, una transformación de corte posmodernista en la función de la escultura (esta ya no como monumento clásico, tampoco como obra de arte puramente estética sino, en los ‘60, como un espacio indefinido, impreciso, negativo, entre el paisaje y la arquitectura); Nascimiento advierte en Krauss un «equívoco» en su comprensión de lo moderno (8). Lo modernidad, sostiene el brasileño, «no hace más que romper consigo misma, desarrollando lo que Octavio Paz nombró como ‘tradición de la ruptura’ (…); o lo que Antoine Compagnon formuló en términos de una paradoja: ‘[lo posmoderno] pretende acabar con lo moderno, pero, al romper con él, reproduce la operación moderna por excelencia: la ruptura’» (14). En este sentido, habría que atemperar, afirma Nascimiento, el postulado categórico de Krauss, dado que, siguiendo esta lógica, el minimalismo estadounidense no inauguraría «una diferencia radical en relación con lo que venía de antes»; por el contrario, se trataría, más bien, de un «desdoblamiento histórico» producto de un proceso de reinterpretación del pasado (13). Lo mismo podría aducirse, continúa, de aquellos discursos actuales que, buscando definir a la contemporaneidad como una nueva instancia de ruptura, abogan por la inespecificidad de lo literario. Sin dejar de concebir al término de expansión en concomitancia con el de elasticidad («ampliar es, entre otras cosas, dar elasticidad a un cuerpo; no es destruir sus límites sino ponerlos en cuestión»), Nascimiento relativiza las proclamaciones posautonomistas mediante la siguiente frase-fórmula: «La especificidad literaria es inespecífica. Inespecificidad quiere decir especificidad relativa» (20). Y explica:

Aunque pueda y deba ser reconocido por atributos y formas históricas, lo literario sería un ‘campo’ en plena expansión, al menos en el sentido de ampliar el contacto con otros campos, diluyendo la consistencia de sus fronteras hasta volver impertinente la propia metáfora espacial del campo como delimitación estricta (20).


Giordano, por su parte, va mucho más allá: en su afán por cuestionar los consensos –a su criterio apresurados, frívolos y reduccionistas– en torno al fin de la institución literaria, revisita, vía Blanchot, a los románticos de Jena. Su propósito es poner a la literatura frente al paredón del tiempo, interrogarla respecto de su futuro, averiguar hacia dónde va. Y es allí cuando, ante la pregunta acerca del destino de la literatura, da con una respuesta sobre su esencia. En otras palabras, Giordano nos retrotrae a los postulados de la utopía romántica del Absoluto literario para recordarnos la naturaleza inacabable de lo literario, de eso que ahora, en el meollo de algunas intervenciones actuales, se le intenta decretar un cierre: «el ser de la literatura –afirma– es un proceso infinito de interrogación y cuestionamiento de sí misma que en su devenir impugna las respuestas que deniegan su ausencia de especificidad, que desconocen la paradoja sobre la que se instituye como proyecto realizable» (88). La imagen que condensa con fuerza esta idea –idea que no hace sino insistir en que lo nuevo, antes que ser comprendido y ponderado precipitadamente como ruptura, debe ser acogido como una diferencia, el último avatar de algo que no para de cambiar– es, ilustra Giordano, la del movimiento circular de la espiral: «Antes que en una parábola evolutiva, se podría pensar entonces, al considerar el devenir literario, en una espiral de mutaciones, sin origen ni fin, en la que la idea de lo "nuevo" remite al hallazgo de formas novedosas de recomenzar una búsqueda esencial e inmanente» (92).

El olvido deliberado de esta propiedad, de este fundamento que concibe a lo literario como una práctica consagrada a ponerse en peligro –la literatura, ya lo dijo Barthes, es como el fósforo: «brilla más en el instante en que intenta morir» (1953: 34)–, será precisamente aquello que Giordano, señalándolo como un «relajamiento crítico», advertirá en los gestos posautonomistas (2021: 97). Por un afán de abrazar, o directamente de «arrogarse certezas sobre el presente», los teóricos del fin de lo literario optan por afirmar novedades radicales allí donde no acontece más que un desplazamiento inherente, necesario, del objeto (98). Un buen ejemplo de este proceder «apocalíptico» y «eufórico» es, además del «panfleto teórico» de Ludmer, el pasaje inaugural de Espectáculos de realidad de Reinaldo Laddaga: «El punto de partida de este libro es la certidumbre de que en el presente nos encontramos en una fase de cambio de cultura en las artes comparable, en su extensión y profundidad, a la transición que tenía lugar» (Giordano 2021: 98, 102; Laddaga 2007: 7). El problema –o más bien la convicción de lectura– que exhibe esta retórica constatativa es, al decir de Giordano, el modo en que estos autores deciden posicionarse frente al presente. Pasando por alto la naturaleza inasible de esta temporalidad, renunciando conscientemente a todo lo que de desconocido, extraño e inaprensible tiene, ante nuestros ojos encandilados, el hoy, los críticos del campo expandido conciben al presente como una dimensión “homogénea y comunicable de la actualidad” (99). De allí que, leyendo a Agamben, Giordano considere a estos teóricos como publicistas de la actualidad antes que como críticos del presente; como lectores que, pudiendo escoger como lugar de enunciación el anacronismo –esa ubicación temporal que le otorga a uno la distancia necesaria para poder relacionarse fecundamente con su tiempo, sin cegarse con las «luces» del presente (Agamben 2008: 25)–, optan por redirigir todas sus fuerzas a promocionar los fulgores de ese mundo globalizado, presentista, 24/7, que describen algunas caracterizaciones sociopolíticas recientes.


Last but no least. Frente a estos discursos que reducen lo contemporáneo a lo actual, al punto de ser hoy utilizados, precisa Nascimiento, como «aderezos de moda» (18), Giordano propone un elogio de lo intempestivo, una vuelta hacia el ethos que desde sus orígenes la literatura ha adoptado para poder ser en ausencia, en indeterminación. Nascimiento, por su parte, reconociendo que la fijeza del campo hoy se encuentra «conmovida», sostiene que el reto hoy, en este estado de cosas heterónomo, «es mantener el rigor de los estudios y de los cuestionamientos» (73), adoptando una perspectiva no posautónoma sino transdisciplinar, que asocie a la literatura con otras disciplinas sin que esta pierda, en el proceso, su diferencia constitutiva.


Notas

(1) Algunos de los especialistas que intervendrían inmediata y tardíamente en la discusión, con lecturas, apropiaciones, énfasis y tomas de posición diferentes, serían: Miguel Dalmaroni (2010), Sandra Contreras (2010), Leonel Cherri (2012), Martín Kohan (2013) y Rafael Arce (2013). Por lo demás, para una recomposición exhaustiva del decurso, avatares y «onda expansiva» que el gesto de Ludmer provocaría en el campo de la crítica literaria latinoamericana, ver: Ramiro Esteban Zó (2013).


(2) Habría que precisar, en este punto, lo que ya se anticipó en la anterior nota al pie: la intervención de Ludmer no fue aislada. Su diagnóstico se enmarca en un debate más amplio en el que otros críticos especialistas cuestionaron la categoría de obra de arte autónoma para dar cuenta estéticamente de ciertas prácticas artísticas y literarias del presente. Se destacan, en este contexto, dos discursos con los que el ensayo de Giordano entra en conversación: el de Reinaldo Laddaga (2007) y el de Florencia Garramuño (2009; 2015). El primero advierte una «vasta transformación» en el régimen estético de la literatura latinoamericana contemporánea, producto de la modificación de «la ecología cultural y social» de la que forma parte (2007:14, 19). Ciertos elementos característicos del siglo XXI –Internet, la TV, la sobreabundancia informativa y la supremacía de la imagen y el sonido, entre otros– contribuyen a un cambio de paradigma en el modo de hacer literatura hoy. Laddaga parte de la constelación de algunos escritores más relevantes de la escena literaria actual, como César Aira, João Gilberto Noll y Mario Bellatin, para señalar «los signos de obsolescencia» (19) de la tradición moderna de la literatura y marcar, al mismo tiempo, un nuevo rumbo cuyo modelo sería el arte contemporáneo. Florencia Garramuño, por su parte, advierte en La experiencia opaca (2009) que ciertas experiencias radicales con la literatura en Brasil y en Argentina de la década de 1970 y 1980 (Lispector, Lamborghini, Guzmán, Zelarayán, Noll) «establecieron una serie de relaciones problemáticas entre la noción de obra y su afuera o exterioridad» (2009:18), al punto tal de producir una indistinción entre literatura y vida, ficción y realidad, arte y experiencia. La impugnación de lo real por parte de la literatura moderna se ve de este modo suplantada por un tipo de escritura que incorpora como material central de su proceso creativo «los restos de lo real» (19), es decir, vivencias, subjetividades, biografemas y/o todo archivo exterior a lo literario. Esta desauratización de lo literario formulada por estas prácticas «estriadas por el exterior» señala, según Garramuño, un desencanto o agotamiento cultural y artístico del régimen estético de lo moderno. En Mundos en común, por su parte, sigue la tónica del libro anterior y postula que la hibridación y pliegue de los varios materiales, prácticas y disciplinas que confluyen en el campo expandido del arte y la literatura (chats, cine, teatro, imágenes, e-mails, memorias, etc.) «propician modos de organización de lo sensible» comunes, que ponen en crisis ideas de pertenencia, especificidad (del sujeto, la nación y su lengua) y autonomía (2015: 23).


Referencias bibliográficas

Agamben, Giorgio (2008). «¿Qué es lo contemporáneo?». En Desnudez. Buenos Aires: Adriana Hidalgo. (17-29).

Arce, Rafael (2013). «Ausencias reales. Posdata sobre la noción de autonomía». Bazar americano, mayo-junio 2013. Disponible en: https://acortar.link/UnsFSx (27 de agosto de 2022)

Barthes, Roland (1953). El grado cero de la escritura seguido de Nuevos ensayos críticos.

Buenos Aires: Siglo XXI.

Cherri, Leonel (2012). «Acerca de la literatura latinoamericana reciente o ¿Qué hay de poscolonial en la posautonomía?». En C.C. (comp.). Coloquio Términos claves de la Teoría Poscolonial Latinoamericana. Despliegues, matices, definiciones. Organizado por el Centro de Investigaciones y Estudios en Teoría Poscolonial (CIETP), Rosario.

Contreras, Sandra (2010). «Cuestiones de valor, énfasis del debate». Boletín / 15, octubre 2010. Disponible en: http://www.celarg.org/int/arch_publi/contreras.pdf (27 de agosto de 2022)

Dalmaroni, Miguel (2010). «La literatura y sus restos (teoría, crítica, filosofía). A propósito de un libro de Ludmer (y de otros tres)». Bazar americano, octubre–noviembre 2010. Disponible en: https://acortar.link/ZiwWMQ (27 de agosto de 2022)

Didi-Huberman, Georges (2000). Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Garramuño, Florencia (2009). La experiencia opaca. Literatura y desencanto. Buenos Aires: FCE.

Garramuño, Florencia. (2015). Mundos en común. Ensayos sobre la inespecificidad en el arte. Buenos Aires: FCE.

Kohan, Martín (2013). «Sobre la posautonomía». Revista Landa, núm. 1, vol. 2, (309–319). Laddaga, Reinaldo (2007). Espectáculos de realidad. Ensayo sobre la narrativa latinoamericana de las últimas décadas. Rosario: Beatriz Viterbo.

Ludmer, Josefina (2010). Aquí América Latina. Una especulación. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Moretti, Franco (2000). “Conjectures on World Literature”. New Left Review, núm. 1, enero- febrero, (54-68).

Zó, Ramiro Esteban (2013). «El efecto post–Ludmer: presupuestos teóricos en torno a la post–autonomía de la literatura». Revista Landa, núm. 1, vol. 2 (349–371).



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