El diario es un género que devora a quien lo practica. Ricardo Vivallo lo sabe y sin embargo no puede dejar de escribir o, mejor dicho, no puede escribir otra cosa.
Este libro recoge un período en el que Chile se rompe —el estallido social, la pandemia, el toque de queda— y el diarista, que ya vivía en una especie de encierro interior, descubre que el mundo ha comenzado a parecerse a su cabeza. Afuera: marchas, saqueos, sirenas, leyes represivas. Adentro: abulia, ansiedad, propósitos de enmienda que duran lo que dura la sobriedad.
Lo que hace de este libro algo más que un documento de época es la implacable lucidez con que Vivallo se mira. Sabe que sentirse miserable también es narcisismo. Sabe que el diario lo vacía sin constituir una obra. Sabe que lleva años escribiendo el mismo párrafo. Y lo escribe igual, porque la alternativa —el silencio, el cajón, la hoguera— sería perder el último hilo que lo conecta con algo. Con la escritura, sí, pero también con la realidad: esa ratonera llena de pensamientos secretos que, según la cita de Kafka que abre el volumen, es lo que uno descubre cuando se conoce demasiado a sí mismo. Un diario que no es secreto ya no es un diario, decía Canetti. Vivallo lo sabe también y, como una desganada oposición al presente, publica de todos modos.

